divendres, 29 de febrer de 2008

¡LE VIENE GRANDE!




Hay quien, agasajado con su camisa de seda oriental, pasea orondo por la calle sin advertir que ésta le viene grande como un desierto. Quizás, quien la regaló, no sabia a ciencia cierta “la talla” del portador. Sin embargo, el infatuado petimetre, esta observación no la puede contemplar porque ni conoce la “elegancia” ni el “buen porte”, mas, sólo le interesa que todo el mundo fije en él su mirada diciendo: ¡Oh! ¡vaya camisa!

Pero, como “el hombre muy engreido tiene pobre el sentido”, no reparará en pensar aquello que seguirá diciendo quien advierte su pasar: ¡fíjate que grande le está! ¡que mal le para! ¿no se dara cuenta que esta haciendo el ridículo?

Tal parangón acontece también al político indocto, estulto, fachenda y valentón que, envanecido, se pierde en digresiones durante sus exposiciones destinadas a resolver cualquier problema menesteroso de gestión política, desembocando frecuentemente en calumnias y descalificaciones dedicadas al adversario con tilde de “incompetente” que, merced la picardía, presenta como causa e impedimento de su pronta resolución.

Tal es la penuria y bajeza intelectual del zoilo sujeto.

Contra este género de individuos hay que recurrir a la formula del sabio filósofo que así aconsejaba:

“Se debe reprobar al ñoño ensoberbecido con circunspección y elegancia, pues las reprobaciones gallardas resultan doble eficaces en cuanto a la atención del aludido. En primer lugar, por el respeto y la clarividencia que la reprobación traiga consigo y, en segundo, por el fondo, más profundo cuanta más pedagogía se abstraiga de él. Ambas consideraciones se acentúan grandemente cuanto menor sea el entendimiento del reprobado. Y para evitar, precisamente, la posible jactancia que un vulgar vulgo quiera atribuir al autor, deberá éste cumplir con la modestia que le brinda el seudónimo”.