divendres, 29 de febrer de 2008

PALABRAS DE LUZ


El amor divino es tan fuerte, es tan intenso, que lo transmuta todo, lo embellece todo y lo trasciende todo, no hay nada en el mundo ni en otras galaxias que se pueda equiparar a la luz divina, es algo que te subyuga y hace sentir lo inmensamente grande que eres al sentirte hijo de esa luz, de esa misericordia y de ese amor. Quien llega hasta la luz divina y bebe de esa luz, vuelve a este mundo de mortales con mucha más fuerza y muchas más ganas de luchar y de trabajar por los demás; nosotros somos un minúsculo haz de luz de amor y prometimos una misión que cumplir antes de tomar nuestra envoltura carnal, esperemos pues cumplirla, cumplir con amor, con delicadeza y con atención aquello por lo cual hemos venido a este mundo: no a sentirnos protagonistas, sino a ser servidores; no ha sentirnos grandes, sino pequeños; no a ser los primeros, sino los últimos; no a querer alcanzar lo inalcanzable sin pasar por donde hay que pasar.

El amor llena con creces el corazón y el espíritu de aquel hermano que quiere entregarse con todas las fuerzas de su ser y con un amor sin medida, que desea vivir la entrega en su totalidad, por ello no se para en el camino, sino que ante las dificultades, ante el dolor, ante el sufrimiento, sigue luchando y, no sólo le basta eso, sino que desea agarrar el dolor y el sufrimiento de los demás para hacerlo propio y así aliviar de ese tormento a la persona que sufre a través de la fuerza del amor.
Al atardecer de la vida, no se nos examinará de otra cosa sino de amor, pero del amor con mayúsculas, del amor que no se desvanece, de ese que cada día que pasa es mucho más grande, mucho más intenso, ese amor que hace la vida mucho más sublime y sencilla, que no se para en lo carnal ni terrenal, sino que va más allá, va hacia el cumplimiento del amor, va hacia la realización total de un sentimiento puro y noble lleno de belleza y harmonía, de entrega y sentimientos de verdad y de luz.
Hermanos, la fe mueve montañas, si verdaderamente nosotros tuviésemos la fe suficiente, nuestra vida seria otra, nuestra manera de actuar, nuestra manera de sentir seria otra.
¡Cuantas veces el maestro nos pone a prueba y cuantas veces fallamos! Pruebas hay cientos y una, pero jamás debemos quejarnos ni buscar subterfugios, no nos quejemos de las pruebas ni del sufrimiento, pues son menester para purificarnos y seguir adelante. Del sufrimiento cojamos cada uno de nosotros el necesario. La misericordia divina, la luz eterna, el amor divino, el amor supremo, no quiere el dolor ni el sufrimiento para sus hijos, sino la felicidad sublime.
Somos los seres de carne y hueso los que hacemos que esto no sea posible, porque nosotros mismos nos formamos el sufrimiento, el dolor, la agonía y la enfermedad: por nuestra falta de fe, por nuestra poca harmonía, por ese sentimiento de ansia por poseer, de ansia por tener, todo eso va acumulando dolor y sufrimiento. Si verdaderamente estuviésemos desprendidos de todo lo caduco, de todo lo terrenal, de todo aquello que hoy es, pero que dentro de unos momentos puede dejar de ser..., hasta que no estemos desprendidos de ello, nuestro espíritu, nuestra mente, nuestro corazón, no será libre y no podrá actuar con sutileza, no podrá trabajar con esa delicadeza y esa fluidez que tienen los seres que viven desprendidos de todo. Diremos: ¡hay necesidades que cubrir! Y hay que cubrirlas, hermanos, pero una cosa es cubrir las necesidades y otra es vivir aferrados a lo que constituye el poder y el hacer para solucionar esas necesidades. Cuantas veces el maestro nos ha dicho que las aves del cielo y los animales terrestres ni tejen ni tienen granero y sin embargo nunca les falta lo necesario para subsistir, y no cojen más allá de lo que necesitan, porque todo lo demás es superfluo: el león mata cuando siente hambre o cuando sus cachorros sienten hambre, y no caza la mejor pieza para dársela, sino aquélla que es ya caduca, aquella que ya es un estorbo para la manada es precisamente la que captura para saciar el hambre. Ni el león ni cualquier otro animal salvaje vuelve a matar hasta que no siente hambre.
Todo lo contrario es el ser humano, que destruye y arremete contra todo porque en ese momento lo ve así y tiene que hacerlo... ¿Que importa que sea la naturaleza? ¿Que importa que sea la divinidad? ¿Que importa que sean seres humanos? Hay que destruir y se destruye, cada vez con más perfección, con más exactitud, ¡que dolor de celebridades humanas! Sus mentes están altamente realizadas y se dedican a construir métodos sofisticados para poder acabar con la vida humana... ¡Cada vez con mas precisión! Es doloroso, hermanos, ver como tanta sabiduría humana se emplea para la destrucción y cuán poca para realizar grandes obras, para investigar la sanación de enfermedades !Cuán poca! Cuánto dinero para destruir y cuán poco para ayudar, la humanidad está descompasada, es pues necesario ese equilibrio y pronto llegará el momento de la ecuanimidad, entonces, como Cristo dijo: "más le valiera a la mujer no haber parido, porque allí será el llanto y el crujir de dientes", por esto debemos estar preparados, pues no sabemos ni el día ni la hora en que el Hijo del Hombre llamará a nuestra puerta, tengamos preparado el equipaje de nuestras buenas obras, porque es lo único que nos vamos a llevar de éste mundo y según ellas, nosotros mismos nos forjaremos y nosotros mismos nos dictaremos la sentencia. Pero el dolor más grande que pueda sentir el ser humano es sentirse rechazado por la luz divina, por el amor sin mancha, por la Conciencia Universal. No aleguemos que el sufrimiento nos detiene, pues no es admisible para Dios, con sufrimiento o sin él, debemos seguir adelante, debemos seguir luchando y debemos seguir una vida llena de entrega, de amor, de humildad y de sentimientos.
Seamos pues humildes como palomas y astutos como serpientes, vigilemos y oremos para no caer en tentación y para que el enemigo no nos pille por sorpresa, pues éste nunca duerme, siempre vela, los que estamos para amar y servir a veces nos dormimos en los laureles y eso no está bien, hermanos. Cuando llegue la hora para dormir, ya nos llamarán a la puerta, mientras tanto y ahora más que nunca, cumplamos nuestra misión en éste mundo inmundo.