dijous, 28 de febrer de 2008

DEMOSTINO: DISCURSOS POLÍTICS (cava antiestatut)




Hoy, ínclitos ciudadanos de la Valencia de Sertorio, es un día triste para mi. Tan solo hace unos días que un buen amigo mío me ha estado comentando al respecto de cierta campaña política cuya propuesta versa con un anunciado precepto: evitar la adquisición de cava “catalán”.
El protagonista de tan fabulosa afrenta, ¡Oh, Dionisos, imberbe Dios coronado de vid! a quienes apreciamos y reconocemos el buen cava (en general); a quienes consideramos, ¡Oh, Atenea, diosa de la prudencia y la sabiduría! el respeto hacia toda índole de noble sentimiento individual como garante de la tolerancia y la convivencia, es un partido político “democrático” valencianista.
No obstante, dignos ciudadanos, un servidor no acababa de creer tal exposición de “ideas y objetivos” (aun expuestas por boca de un amigo), así que me decidí a interesarme por tan censurable y luctuoso asunto. Efectivamente, confirmé que la susodicha campaña “cava antiestatut, el cava del boicot a los productos catalanes”, responde a una política de movilización ciudadana causa del saqueo y despropósitos que se están realizando desde Cataluña, así como a la aprobación del inconstitucional Estatut y a las imposiciones del catalanismo que nos asfixia económica, cultural y políticamente por mor de sus inaceptables hechos diferenciales y sus insolidarias deudas históricas.

Todo esto es lo que rezan sus panfletos y, percatado de que no es posible acusar y juzgar a la vez, además os diré que, en tanto leídas y digeridas algunas de las declaraciones de tan glorioso líder valencianista y, advirtiendo en ellas prístinas expresiones (nacionalismo exacerbado, agravios comparativos, desmembración de España, tropelías políticas, expolio a las arcas del Estado, quiebra del Estado Constitucional, situación de ingobernabilidad, pretensiones independentistas, saqueo, invasión, asfixia, piratería, suplantación... etc, etc.) que presuntamente pretenden justificar inveteradas ideologías propias de otros tiempos poco afortunados para la convivencia social en esta España plural por naturaleza, plural en su esencia... ¡sí, y digo bien! Porque España, ciudadanos, no es una lengua, ni un territorio, ni una idiosincrasia, sino el conjunto de la historia viva de sus pueblos, de sus naciones, cumpliendo así, nobleza obliga a decir, su destino hacia una empresa universal que ha enriquecido y enriquece (aún a pesar que España se esta rompiendo desde hace 300 años) su historia, la historia de sus patrias. Unas patrias que están ahí, que deben respetarse a través de una obligada didáctica, pedagogía a la que están llamados los políticos de este País y que, por desgracia, algunos de ellos, no creen sino en la “única” patria de una España grande y uniforme de la cual se creen únicos depositarios de su juridicidad. ¡Ese patriotismo es el que obstruye el respeto y la tolerancia entre las patrias!
¡No! Nosotros no somos animales que luchan e incluso se matan por defender su territorio e imponer su Ley. Nosotros, apreciados ciudadanos, somos seres humanos, y debemos adoptar ante la vida entera, en cada uno de nuestros actos, una actitud humana, profunda y completa, cuyo espíritu no es otro sino aquel que nos eleva por encima de enfrentamientos y disputas irascibles que acaban siendo, al fin y al cabo, inútiles y fútiles ante la vida entera, como antes os he apuntado.

¡Oh, Casandra, hija de Príamo! Le doy las gracias, vecinos de la polis valentina, por haberme pronosticado que cuando termine este discurso volveréis a vuestras casas satisfechos de haber comprendido mi mensaje.

Así que yo, como ciudadano que supone su opinión verdadera guía de su conducta y advirtiendo por ello esos hombres intempestivos que enfrentan la sociedad con la propaganda de sus opiniones, amparándome en la bendita libertad de pensamiento, me veo obligado a expresaros lo que a continuación os diré:
Cierto es que la libertad es sagrada, pero esa libertad individual, la cual procura al individuo la soberanía sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu, debe tener un límite en tanto su proceder repercuta directa o indirectamente sobre los demás, y de cuyas consecuencias éste será responsable ante la sociedad. Dicho límite no es otro que aquel que evita se perjudique a la comunidad (la Ley, desgraciadamente en cuanto al carácter del trasgresor, actúa al traspasar esa frontera).
Un buen político esta obligado a generar la confianza necesaria que permita convertir su “ideal” en “fin social” o “bien común”, y para ello debe hacer honor a las reglas democráticas. Estas normas se basan siempre en una primordial observancia: respetar las voluntades de la sociedad que conforman, en nuestro caso, las diferentes nacionalidades de España.
Así pues, cuando se alude a la “inconstitucionalidad” del Estatuto catalán, se esta proponiendo, dignos ciudadanos, que la Constitución, a través de sus mecanismos ejecutivos, actúe de manera taxativa, autoritaria, sobre quien, presuntamente, trasgrede sus fundamentos.
Pero, ¡he aquí la paradoja de la situación!, ínclitos ciudadanos: el Estatuto catalán viene refrendado por la voluntad de su ciudadanía, un pueblo que cree, merced sus proposiciones democráticas, tener los atributos necesarios que contribuyan a defender su derecho de ser considerado nación... El derecho a vivir social, política, administrativa, legislativa y judicialmente con las particularidades de una herencia cultural conformada por las circunstancias históricas. Y yo os pregunto, dignos ciudadanos: ¿que hay de malo en ello? ¿Acaso la Constitución a la que aluden los oprobiados capataces de la única patria española, no permite en sus bodegas leguleyas el discurso del método tradicional con que se elabora la sociedad del “cava catalán”? O, ¿Acaso la sociedad de dicha Constitución no admite las reivindicaciones ”democráticas” de una porción de esa misma sociedad? Si las admite, yo os digo que hemos terminado la discusión, pero, de lo contrario, continuaré advirtiéndoos que es menester, con el permiso de los insignes Fraga, Peces Barba, M. Roca, entre otros, revisarla y contemporaneizarla en nombre del derecho de cada sociedad que conforma los pueblos del Estado. Por ello, España, ante esto, no puede ser un País de medianía, sino un País director del mundo en cuanto al respeto, tolerancia y solidaridad, debe ser el valor de valores en convivencia con sus diferencias culturales, aportando así, a la humanidad, su gran riqueza cultural y humana.

¡Oh, Zéus! Dios metamorfósico que convertido en cisne engañaste a Leda, no consientas que la ciudadanía se deje engañar bajo la espuria faramalla y los aspavientos de quien no tiene otra empresa que la de pragmatizar su particular doctrina.

¡Ciudadanos! Advertid que nunca podrá conjugar con la democracia todo presupuesto basado en ideologías que admitan palabras precedidas del adjetivo “anti”. No os dejéis engañar por la apariencia del bien, pues un político debe preferir ser justo antes que bueno, y justo es el que es sensato en toda situación. Sin embargo, hay muchos de ellos que cazan el viento con red, mas, en vano quedan, al fin, sus pretensiones ante la evidente realidad... ¡Oh, Temis! Diosa de la Ley, ¡A cada uno le aguarde lo que le vaya a pasar!

En la vida, querida ciudadanía, no hay nada mejor que la reflexión, por ello es necesario que penséis, razonéis y concluyáis qué ganáis, qué bien os aporta el actuar a tergo de vuestros principios humanos... ¿Qué podréis esperar sino disputas y contiendas? Examinad como y de qué manera ese catalanismo exasperante que, según algunos, nos invade, esta influyendo día a día sobre vuestras vidas: si acaso a través de nuestra lengua, una lengua valenciana casi abatida y muerta política y socialmente en la “particular” e “intencionada” batalla por su acepción; si por medio de las pocas subvenciones de las que son víctimas muchas de nuestra ciudades impidiendo así necesarias infraestructuras primordiales, cuya causa no atañe a la Generalitat del PP sino, presuntamente, a los catalanes; o si, tal vez, a tenor de un Estatuto catalán que va a arruinar, muy probablemente, nuestra economía valenciana..., todo esto, ciudadanos, es lo que se nos da a entender por parte de quienes, lejos de aplicar las reglas de una política basada en la idea del bien, recurren al sofisma mas inverecundo posible perjudicando al conjunto de nuestra sociedad. Por ello, como anteriormente he apuntado, la Ley democrática debería actuar advirtiendo al autor u autores de tal despropósito, que una lengua llevada por la ira, les puede conllevar la ruina de su credibilidad por no saber vencer su cólera con una buena reflexión... ¡Democrática!