dijous, 28 de febrer de 2008

ECCLESIA IMPIA?




Podríamos atrevernos a decir que la religión no tiene iglesia, pero la iglesia sí requiere de la religión, pues el ser humano no puede vivir sin ella.
El patricio romano afirmaba que religión es sinónimo de miedo, ocurre cuando ésta se institucionaliza en forma de teocracia, se dogmatiza, y es causa de grandes injusticias y calamidades como en su tiempo lo fueron las cruzadas, la inquisición, la esclavitud, etc., depravando su razón de fe. Por otra parte, San Pablo decía que la religión es lo más libre que existe, siendo así que ésta ha consagrado los ejemplos de magnanimidad más solemnes y conspicuos de la historia de la humanidad. El mismo Papa actual, antes de ejercer como tal, justificaba tanto las guerras justas como la pena de muerte. Hoy ya no.
Cuando los Obispos españoles hacen uso de palabras como “leyes inicuas” o “laicismo radical” para aludir a una posible “disolución de la democracia”, me parece que se alejan del concepto de religión.

El ser humano siempre ha tenido el uebo (como se decía antiguamente) de hallarle un significado a su existencia, así, ha idolatrado, ha adorado todo aquello que le era indispensable para la vida, ha creado divinidades que representaban la última autoridad sobre los hombres, ha creído en un Dios omnipotente…, esta relación del espíritu del ser humano con todo aquello en que precisa afirmarse para alcanzar una explicación que justifique su condición de mortal para con un fin más elevado, y en la cual basa sus creencias, esta relación, digo, implica unión, enlace, es la definición de religión: religar.

Pero, creo que la iglesia española tiene un problema, y es Dios. ¡No! No se me pongan a rezongar, que ahora me explico: hoy en día es una estulticia el creer, como he apuntado anteriormente, en un Dios omnipotente, de tal manera que se asemejase a un señor con barba ruando por insospechados lares celestiales y desde allí nos gobierne. Sin embargo, ya en los comienzos del cristianismo, no se concebía a Dios sino por la Trinidad (más o menos como lo conciben la mayoría de religiones del mundo). Por lo tanto, intuimos que Dios es una relación entre el ser humano y toda creación. Alma, espíritu, materia. Libertad, humanidad, universo.
Pero, ¿qué ventaja presenta esa intencionalidad de inculcar a los creyentes el concepto de un Dios que es “ser” y es único? Muy sencillo: la acreditación de una única autoridad cuyo representante es el Papa. ¿Con qué pretensión? Universalizar el cristianismo como depositario de una única verdad divina y humana. La uniformidad, la unicidad, la homogeneidad como vehículo de unidad de destino, y ésto, en España, se traduce así (palabras de Cañizares el pasado domingo):

La exhortación de la Conferencia Episcopal “no procedía de error o de motivos turbios, ni usaba engaños, y así lo predicamos, no para contentar a los hombres, sino a Dios, que aprueba nuestras intenciones. Nunca hemos tenido palabras de adulación, ni codicia disimulada. Dios es testigo. No pretendemos honor de los hombres”…”tiene una razón de ser muy profunda con lo que es la verdad del evangelio, que nunca ha de callar por servicio a los hombres, servicio que le reclama obedecer a Dios antes que a los hombres mismos”.
Claro está que el Dios de nuestros Obispos habla por sus bocas, ¡cómo no! Y por ende, para ser un buen ciudadano español, primero hay que ser un buen católico que aprenda a amar una sola patria, una sola lengua, una sola nación donde la familia sea católica y formada exclusivamente (porque es palabra de Dios) por hombre y mujer, un solo estilo de educación para naturalezas dúctiles dirigida por la omnisciente religión católica…A mí, todo esto me recuerda aquel famoso debate sobre la libertad religiosa que, en 1869, protagonizaron en las Cortes los diputados D. Vicente de Manterola y D. Emilio Castelar. Estoy seguro que para la actual iglesia católica, aquel alegato de Manterola no es, ni mucho menos, ningún anacronismo.

Por supuesto, con estas premisas, nuestros devotos Obispos no encuentran razones para no poder afirmar que “del voto moral y responsable depende la democracia”, que “se debe votar a partidos y programas compatibles con la fe y las exigencias de la vida cristiana”, que “la confesionalidad del estado no se debe confundir con la desvinculación moral”, de ahí las “dificultades para incorporar el estudio libre de la religión católica en los currículos de la escuela pública” pues “creemos que la educación para la ciudadanía lesiona el derecho de los padres a formar a sus hijos de acuerdo a sus convicciones religiosas y morales”, “hay que superar decididamente las tendencias corporativas y los peligros del separatismo con una actitud honrada de amor al bien de la propia nación y con comportamientos de solidaridad renovada”, “reclamamos la unanimidad moral”… Éstas y más declaraciones ¡son palabra de Dios!

Yo, humildemente, preguntaría a los obispos: ¿Uds. Creen, en conciencia, que la victoria del partido político que implícitamente da vida a sus exhortaciones conllevará la harmonía y paz definitiva para ésta sociedad? ¿Creen que ha habido alguna victoria surgida de los conflictos acaecidos en toda la historia de la humanidad que lo haya conseguido?
Solo el altruismo, la ternura, el perdón, son los verdaderos arquitectos de la paz.

Quizás, actitudes inicuas, malvadas, correspondan más a algunos que, siendo ilustres exégetas, estudiosos de la escatología y expertos en teología, se sirvan de paralogismos divinos contingentes devenidos en dogmas para abusar de sus fieles.

Pero yo, como ser humano que cree en Dios, rezaré por ellos impetrando el perdón.